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La violencia en las calles se incuba en las cárceles: se rompe pacto para lanzar una advertencia

La violencia en las calles se incuba en las cárceles: se rompe pacto para lanzar una advertencia

Un exdetenido rompe su pacto de silencio para lanzar una advertencia. Si no se desactiva la bomba de tiempo en las cárceles, explotará en las calles. Vistazo corroboró el testimonio con la revisión de documentos oficiales reservados. Es la cruda realidad de un año sangriento.

“Llámeme Pablo. Por favor, no diga mi nombre, que sobreviví a la Peni pero no quiero morir por un tiro”. Rompe el voto de silencio que se hizo al recuperar la libertad. Lo hace por una razón: “Es hora de que este país abra los ojos, que la gente sepa que la violencia en las calles se incuba detrás de las rejas”.

Cumplió 48 años de edad en prisión. Una noche de alcohol y un trágico accidente de auto, del cual quedó como único responsable frente a las familias de las víctimas y a la justicia, terminaron con sus sueños de emprendedor, con su hogar y con sus ahorros.

La experiencia de varios años en la cárcel casi acaba con su salud mental: “Me refugié en la palabra y la fe”, dice, mientras abraza la Biblia “que me salvó de convertirme en un ‘polilla’, un dependiente de la droga, que por la dosis del día es capaz de matar, someterse, delatar, espiar”. En la Penitenciaría del Litoral, los ‘polillas’ son presos que no tienen familia y están abandonados a su suerte. Algunos se hieren intencionalmente para causar compasión y recibir algo de droga. Duermen en el piso, algunos los llaman, despectivamente, ‘chiros o comemuertos’ y son, más o menos, un tercio de los internos.

Antes de esa noche que cambió su vida, Pablo tenía un pequeño negocio. Ahorró pensando en expandirlo. La plata se hizo agua cuando estuvo en prisión. “Cuando llega un nuevo, el Tío del pabellón ya le tiene visto y le fija la ‘tarifa’ que es el derecho de piso. Ahora se cobra de 200 a 500 dólares por cada nuevo huésped, dependiendo de si es o no aniñadito”.

Con el pasar de los días, encontró fuerza en su creencia religiosa y buscó asistir a talleres, para no caer en la tentación de la “blanca”. Se unió al grupo de los que no buscan problemas, esperan cumplir su sentencia (si acaso la tienen) y salir. Ellos, los “Zanahoria” de la peni, son un grupo minoritario, alrededor del 15 por ciento de detenidos.

Aprendió a respetar a los “combos”, que son los grupos de reincidentes, quienes ya están familiarizados con la vida en esa prisión, y están dirigidos por el Tío o Jefe, el que ordena las ejecuciones y los cobros. Andan en grupos de 10 hasta 50, son la población más numerosa en la penitenciaría. Tienen acceso a celulares, usan redes sociales, pero se cuidan de hacer llamadas directas. Saben dónde están las armas, la droga, reciben el pago de los “aceitados” a cambio de protección armada. “A estas alturas usted ya se imaginará quiénes son los aceitados, son los jefes de la droga, los que tienen el poder de la plata, los que mandan”.

Quién manda

“Los Choneros fueron el grupo más fuerte, su líder Rasquiña (José Luis Zambrano o JL) se dio el lujo de dirigir la organización por casi nueve años desde varias cárceles. Salió libre en la pandemia -mediados de 2020- pero lo mataron a tiros en Manta seis meses después. Luego de su muerte se produjo la primera gran matanza en cárceles de este año, la de febrero, era una guerra de sucesión”.

Vistazo contrastó esta entrevista con varios informes reservados sobre seguridad, cárceles y narcotráfico. Los datos de este reportaje tienen al menos cinco fuentes de sustento.

Los Choneros son el aliado local del cartel de Sinaloa. En la peni tienen un grupo de apoyo logístico: Los Águilas, que mandan en dos de los 12 pabellones, el 5 y el 12. Se reportan a Fito, quien se encuentra en la cárcel regional de Guayas. El brazo armado de Los Choneros está en manos de Los Fatales, cuyo líder JR, fue detenido por sicariato y desde la cárcel regional mantiene el control en los pabellones 3, 6 y 7 de la peni. Una de las masacres carcelarias, la de septiembre pasado, fue articulada desde los pabellones 8 y 9, dirigidos por el comandante Willi, de Los Tiguerones y Pipo, líder de Los Lobos. Ambas organizaciones apoyan al cartel mexicano Jalisco Nueva Generación, que disputa la hegemonía dentro y fuera de las cárceles. Jalisco se jacta de la crueldad con que ejecuta a sus enemigos. La lucha por el control hace que el mapa se mantenga en constante cambio.

En marzo de este año, el entonces comandante general de la Policía Patricio Carrillo compareció a la Asamblea de la época. Hizo una revelación: Los Choneros son casi “un ejército” con 5.000 integrantes, “unos dentro, otros fuera” de las cárceles.

El testimonio de Pablo revela que los guías penitenciarios reciben pagos y viven frente a la amenaza de retaliaciones por parte de los combos y los aceitados. Los documentos lo confirman. “Cada pabellón paga alrededor de 300 dólares diarios a los guías, que hacen turnos de 12 horas, para que permitan el ingreso de las drogas”. Ese es el aceite de todo este engranaje. Los guías cobran por permitir el ingreso de celulares, facilitar que los enfermos reciban atención en el policlínico. Hay una evidente complicidad entre autoridades penitenciarias. Para muestra, el comandante Willi, líder de los Tiguerones, fue un guía penitenciario, y es temido por su proceder sanguinario.

En julio pasado, ante la Comisión de Soberanía y Relaciones Internacionales de la Asamblea, el representante de los guías penitenciarios reconoció que “Las autoridades perdieron el control de los centros carcelarios. Este momento los guías penitenciarios no manejan las llaves de los pabellones... quienes manejan las llaves son los internos”.

Violencia dentro y fuera de prisiones

El 21 de julio, cuando se produjo una de las matanzas carcelarias, Los Lobos y Los Choneros estaban en disputa.

Los Choneros, que operan desde inicios de los 2000 en Manabí, se expandieron luego del terremoto de 2016 a otras provincias, para esquivar el accionar estatal, activado en el territorio por la emergencia posterremoto. Ese mismo año empezó una política de privilegio a algunos presos, a cambio de cooperación con información sobre las estructuras delictivas. Estos informantes entregan datos que en ocasiones resultan ser falsos para despistar, o son direccionados, para golpear a los grupos rivales. Así empezaron las ejecuciones fuera de las cárceles, como retaliación por delaciones. La consigna: que mueran los sapos.

Ese mismo año, 2016, las autoridades penitenciarias tomaron una decisión controversial. Decidieron juntar en un mismo pabellón a los miembros de una banda criminal. Según la argumentación oficial, con este mecanismo buscaban evitar riñas en los pabellones. En la práctica, incentivaron la conformación de ejércitos, reunidos para planificar las actividades funcionales a los carteles a los cuales responden.

Las bandas reclutan a los asesinos por encargo entre los internos. Al cumplir sus condenas, ellos continúan apoyando la cadena de negocio delictivo. Sea como sicarios, custodios de las bodegas de almacenamiento de droga, responsables de ‘sembrar’ la cocaína en cargamentos de transporte. Por un pago, continúan trabajando para la estructura. Las organizaciones suelen presionar a los detenidos para que sus familiares cercanos los apoyen en las calles, bajo amenaza de muerte. Así se aseguran colaboradores dentro y fuera de las cárceles. Los pagos con frecuencia se realizan con dosis de cocaína, tomadas de los grandes cargamentos. Eso fomenta el microtráfico.

En 2019 empezó a verse el resultado de estas decisiones equivocadas de las autoridades penitenciarias, cuando comenzaron las masacres carcelarias. En una de ellas decapitaron al líder de Los Cubanos, directa competencia de Los Choneros. En otra, la misma organización captó la hegemonía de dos pabellones que estaban bajo el mando de Los Lagartos, que apoyan a Los Lobos y en consecuencia a Jalisco. La pandemia no significó el cese de la violencia. Pero nada iguala a este 2021, el año más violento.

Guayaquil es la zona candente

De las muertes violentas ocurridas en este año, casi el 37 por ciento ocurrió en Guayaquil. Así cerrará este año, según un informe reservado en poder de Vistazo.

En un mapa de zonas calientes, Guayaquil está que arde. Esto no es casual porque en la Penitenciaría del Litoral, adyacente a la Zonal 8 que es otro centro carcelario, se reúnen más de 8.000 presos. Desde aquí se planifican muchas de las acciones delictivas.

“La enemistad entre bandas afuera de la cárcel se expresa también adentro. Los crímenes con frecuencia se planifican detrás de las rejas”, revela Pablo.

¿Por qué rompe el silencio, si decidió empezar una vida de fe luego de su traumática experiencia? “Alguien que vivió desde adentro puede explicar que, mientras estén juntos, los grupos planifican todo con mayor facilidad, que se paga a los guías para comunicarse con el exterior, entonces sirve de poco que estén detenidos, si desde adentro operan, como lo hizo JL durante tanto tiempo”.

Después de las seis de la tarde en la Penitenciaría se hace el conteo de internos en los pabellones. “En la noche salen los Tíos, con el pretexto de hacer deporte, con autorización de los guías, y es cuando planifican acciones. El Tío encarga las llaves internas del pabellón a un preso de su confianza, con cariño le llama ‘Mi Llavero’”.

A nivel nacional, el país cerrará el año con una tasa de homicidios intencionales de 11,4 muertes provocadas por cada 100 mil habitantes. La cifra es similar a la de 2013.

Guayas, Manabí, Los Ríos, El Oro son, en ese orden, las provincias con mayor incidencia de muertes violentas. No es casual que sean zonas de logística, acopio y transporte de las actividades del narcotráfico.

A propósito, 2021 es el año del récord histórico en la captura de toneladas de droga: más de 170 toneladas de cocaína incautadas. Informes antinarcóticos revelan que por el país estaría pasando una cifra cuatro veces mayor. Por esto, muchos de los delitos están conectados. Más de la mitad de los detenidos en la Penitenciaría del Litoral fueron capturados por delitos relacionados a drogas.

“Yo caí por excesos, por una noche de alcohol y mujeres, me he redimido en mi fe pero vi a mis compañeros consumirse por la droga”. Pablo ha roto su promesa de silencio para enviar una voz de alerta sobre la gravedad de la amenaza: si no se frena la bomba de tiempo en las cárceles, va a explotar sobre las calles.

Via Vistazo

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